IDENTIDAD Y CULTURA EN LA LUCHA POR LA EMANCIPACIÓN

En la lucha por la libertad y unidad de Nuestra América –usamos el término con la amplitud que le diera José Martí-, los movimientos en ella comprometidos no le han dado habitualmente a la cultura y la identidad la importancia que requieren, absorbidos por las cuestiones políticas, económicas y sociales que parecen más acuciantes. Sin embargo, es por medio de la cultura que adquirimos conciencia de nosotros mismos; ella es la base de nuestro ser individual y colectivo, la que nos da identidad –o sea, conciencia de pueblo-  identificándonos hacia adentro y diferenciándonos hacia afuera. Sólo teniendo conciencia de nuestra personalidad cultural, podremos estar en condiciones anímicas de emprender la lucha por la emancipación de nuestra Patria Grande.

Pero la identificación de nuestro ser americano (lo referimos siempre a la denominación “Nuestra América”) no es sencilla. Y no lo es porque los elementos fundacionales de nuestra identidad –lo indígena y lo ibérico- no han terminado de fusionarse en una síntesis definitiva. “No somos españoles ni somos indios”, dijo Simón Bolívar. Lo que viene a ser lo mismo que “somos españoles y somos indios”. Es decir, somos descendientes de unos y otros. Frente a este hecho histórico inmodificable, surgen dos interpretaciones, a las que podemos llamar “hispanismo” e “indigenismo”. Ambas constituyen verdades parciales.

El hispanismo parte de una explicación de España sustentada en la hegemonía castellana. Desvaloriza, por lo tanto, el hecho incontrastable de la pluralidad española. Y desde esa posición hegemonista explica el hecho americano como una extensión de los hispanos, o lo que es lo mismo, para este pensamiento, de lo castellano. No invalida lo indígena, pero lo desvaloriza.

El indigenismo, por su parte, tiene una concepción idealista de lo precolombino: cree que antes de la llegada de los europeos, la sociedad indígena se encontraba en una situación paradisíaca. Exagera hasta el paroxismo. Sostiene que la conquista de América constituyó el genocidio más grande de la historia. Y deriva, finalmente, en un antihispanismo, cuando no en un racismo antiblanco.

Sobre la base de fundamentaciones excluyentes (negación de lo indígena o negación de lo ibérico) nunca podremos explicar el hecho diferencial de Nuestra América. No podemos asimilar la conquista ibérica de Nuestra América a conquistas actuales de carácter imperialista, como el dominio europeo de África o de Asia.

La conquista de América por españoles y portugueses se parece más bien a las conquistas del mundo antiguo: las migraciones de los pueblos arios, la expansión de Roma, la conquista árabe del norte de África. Etc. Estos sucesos crearon nuevas culturas, nuevos pueblos. Ni los franceses en Argelia o Indochina, ni los ingleses en la India crearon nuevas realidades demográficas. Pero los españoles y portugueses en América sí.

Por otra parte, debemos recordar que los españoles de hoy no son descendientes de los conquistadores de América. Por el contrario, son descendientes de los que no vinieron a América. La inmensa mayoría de aquellos aventureros se quedaron en estas tierras, donde fundaron nuevos linajes, tanto blancos como mestizos.

Pero aún debemos mencionar dos nuevas migraciones fundamentales: negros africanos e inmigrantes de muchos otros países. Los hechos históricos inmodificables nos presentan la siguiente composición étnica de Nuestra América: indígenas, ibéricos, africanos e inmigrantes cosmopolitas. Estos componentes básicos, en general fusionados o mestizados en infinitas variables y en distintos grados según las diversas regiones de nuestra Patria Grande, nos dan un cuadro que, sin embargo, presenta elementos de identidad común, basados en la tierra, el origen común y mestizo de la cultura, y el destino común.

La adopción de criterios excluyentes (indios contra blancos, blancos contra indios, etc.) sólo puede acentuar nuestra fragmentación política e ideológica en beneficio de los grandes poderes internacionales que nos oprimen y nos desprecian. Debemos adoptar firmemente, conscientemente un criterio incluyente, que nos hermane como americanos más allá de nuestro origen étnico o cultural, porque compartimos la misma tierra, las mismas cadenas y los mismos sueños de libertad.

Somos indios, somos españoles, somos africanos, somos inmigrantes de muchos países. Somos descendientes de los conquistadores y de los conquistados, de los esclavizadores y de los esclavizados. Pero no tenemos ninguna patria ideal ni ancestral. Sólo tenemos esta patria: Nuestra América.

Debemos reconocer que nuestra Patria es pluralista: tenemos diversas coloraciones de piel, diversas tradiciones y diversas lenguas. Por ello debemos luchar sin hegemonías por la unidad de la Patria Grande, requisito insustituible para enfrentar el estancamiento, la dependencia y la degradación a que nos ha llevado el imperialismo. Debemos continuar la lucha de los grandes libertadores del pasado. Por eso debemos promover el desarrollo y reconocer la igualdad de todas las etnias, culturas y lenguas que integran la Patria común. Nuestra América es original y sólo pensándola originalmente podremos liberarla. Como dijo el maestro Simón Rodríguez, “o inventamos o erramos”. Es hora, pues, de inventar la hermandad de todos los pueblos de Nuestra América.

Ponencia de Denís Conles Tizado – Julio de 1997

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