JUAN BAUTISTA BUSTOS

 Provincia y Nación

Autor: Denís Conles Tizado

Introducción de su libro editado en el año 2001 por Ediciones del Corredor Austral.

    De haber nacido y actuado en un país menos ingrato que el cordobés, el nombre, la figura y la memoria de Juan Bautista Bustos hubiera tenido hoy en la Provincia y en la Nación una resonancia acorde con su verdadera dimensión histórica. Pero Córdoba ha sido reticente a la hora de honrar al mayor de sus próceres y al cordobés más representativo en la construcción del estado nacional.

    Explicaba Alfredo Terzaga que ‹‹los caudillos que entre los años 1814 y 1830 pusieron cimientos del sistema constitucional argentino, han pagado la apología de la obra con el olvido o la difamación de sus nombres. Cualquier magíster constitucionalista, o cualquier magíster con pujos doctrinales, puede hacer hoy el elogio del federalismo sin dejar de denigrar a los federales o, en el mejor de los casos, de explicarlos como expresión de condiciones destinadas a perecer fatalmente››.

    Y es que, usando una simplificación terminológica, si los federales, tras largas y cruentas luchas, lograron imponer al país su concepción de estado; fueron los unitarios quienes escribieron la historia de esas luchas, sepultando en la infamia, en la deformación o, cuando menos, en el olvido el nombre de muchos patriotas notables.

    Así es, por ejemplo, que José Artigas, el padre del federalismo argentino, fue convertido en ‹‹fundador de la nacionalidad uruguaya››. Así, Güemes aparece como defensor de las ‹‹fronteras argentinas del norte››, cuando en aquellas épocas tales fronteras no existían, porque nuestra patria era -como decía Monteagudo- toda la extensión de la América Hispánica. Así, Bustos, a quien Córdoba le debe la plasmación cabal de su personalidad política y una obra gubernativa que, sin vacilaciones, debe ser calificada de ejemplar, nos es presentado como un hombre apático, mediocre, de pocas luces.

    Nuestra historiografía tradicional –eso que se ha dado en llamar la historia oficial– dividió a los argentinos en santos y réprobos, envenenando así, durante su largo reinado, los textos escolares, los claustros universitarios y los salones académicos. Si alguien pudiera sentirse molesto por estas afirmaciones, podríamos tranquilizar su espíritu citando a un autor que tiene fama de respetable, a Juan Bautista Alberdi, cuando dice, en alguno de sus escritos: ‹‹En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales Mitre, Sarmiento y Cía., han establecido un despotismo turco en la historia, en la política práctica, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje.››

    Este pecado original de la historiografía argentina tenía que producir, como por fuerza produjo, una serie de reacciones muy variadas. Primero como expresiones aisladas, ya a fines del siglo XIX y comienzos del XX; luego con mayor empuje a partir de la década de 1930 y por fin a partir de 1960, como un aluvión incontenible surgieron reinterpretaciones de nuestro pasado, de signos muy dispares, que por simplificación suelen llamarse el revisionismo histórico, como si esa actitud crítica frente a la historia ‹‹oficial›› tuviera un carácter uniforme.

    Quizás sea necesario aclarar, a estas alturas, que esa historia a la que suele adjetivarse como oficial, clásica, tradicional, académica, mitrista y, a veces, con gran libertad de lenguaje, liberal, es la expresión, en el campo del conocimiento histórico, de las concepciones y los intereses antinacionales, o por lo menos no nacionales, que durante mucho tiempo dominaron y deformaron la política, la economía y la cultura argentinas.

    En cuanto a las diversas corrientes revisionistas –ya sea que admitan o no esta denominación– digamos que tienen en común una visión nacional de nuestro pasado, aunque difieran, naturalmente, en la interpretación de los hechos de este pasado, según sean los intereses de las clases que les dan contenido.

    Esto es imprescindible tenerlo presente, pues de lo contrario no se entendería por qué el nombre de Bustos, como el de muchos patriotas, fue silenciado durante un siglo y medio y es ahora reivindicado ante la conciencia del pueblo argentino. Podría creerse que tanto una como otra actitud son arbitrarias, sin sentido, o bien se deben a caprichos o intereses personales. Nada de eso. Tanto la difamación como la rehabilitación del nombre de Bustos, en nuestro caso, tienen un profundo significado y se insertan en todo el conjunto de nuestra existencia como comunidad nacional.

    No puede dejarse de reconocer lo mucho que se debe a estas corrientes revisionistas, en lo que hace al mejor conocimiento de hombres y hechos de nuestra corta pero intensa historia. Sin embargo, tampoco debe perderse de vista que por haber germinado al calor de enconadas polémicas, la crítica revisionista, en sus diversos matices ideológicos, cayó muchas veces en la inversión simplista de los términos  de la historia oficial, haciendo santos a los réprobos y réprobos a los santos.

     Es comprensible, hasta cierto punto, esta actitud; porque las grandes reparaciones históricas, para poder afirmar sus primeros pasos, para poder romper las ligaduras de los intereses que le impiden abrirse camino, necesitan más la energía de la pasión que el consejo de la ponderación.

    Fue por ese camino que las nuevas generaciones de intelectuales con mentalidad nacional, lograron rescatar de la infamia y del olvido el nombre y la obra de muchos patriotas, incorporándolos a la conciencia histórica del pueblo argentino; aunque el método haga sonreír engreídamente a algunos historiadores que hacen alarde de objetividad e imparcialidad, cuando no de austero y aséptico cientificismo, pero que constituyen, en verdad, los restos vergonzantes de la vieja historia ‹‹oficial››.

    Por eso no deja de sorprender lo sucedido con nuestro personaje, el general Juan Bautista Bustos. Denigrado y menospreciado por la historia oficial, no encontró, sin embargo, plumas revisionistas que se encargaran de rescatar su figura, por lo menos al nivel de lo acontecido con otros caudillos provinciales. Habiendo hecho de Córdoba el centro de una acción nacionalista, popular y democrática con dimensión hispanoamericana; Córdoba, a pesar de su tradición doctoral -¿o acaso por culpa de esa misma tradición?, no se ha distinguido precisamente en la reivindicación de su caudillo, al menos en comparación con lo que otras provincias han hecho en defensa de los suyos. Quienes hasta ahora se acercaron a la vida y a la obra de Bustos, aun con las mejores intenciones de rescatar su memoria, no han podido evitar, en alguna medida, las concesiones a los dictámenes negativos de la historiografía antinacional.

    ¿Qué sucede? Sucede que la personalidad de nuestro caudillo, como hombre y como político, es realmente singular.

    No es un jefe montoneras, al estilo de Pancho Ramírez o Estanislao López. No es un centauro o casi legendario, como el Chacho o Felipe Varela. No es un héroe entre mítico y real, como José Artigas. Ni un próspero estanciero, al modo de Rosas o de Urquiza. Ni un personaje novelesco como Facundo.

    Por lo que respecta al general Bustos, no es fácil para nosotros saber como era. No tenemos de él ningún retrato, ninguna descripción de su carácter, ningún testimonio de su intimidad que puedan ser reputados de fidedignos.

    Las pocas referencias procedentes de su época, o de los tiempos relativamente próximos a ella, son los juicios de los escritores e historiadores ochocentistas, quienes, por regla general, fueron incapaces de concebir ninguna cualidad positiva ni acción virtuosa en un hombre de la Federación, y menos si este era provinciano. Esos juicios, casi siempre teñidos por el envenenamiento sectario que todo el mundo conoce, deben desestimarse por inútiles, ya que no sirven, ni siquiera por la negativa, para descubrir la verdadera personalidad del caudillo; pues, cuando no son fabulosamente exagerados (como en el caso de Sarmiento) o sospechosamente interesados (como en el caso de Paz), resultan violentamente contradictorios con la más elemental objetividad y, lo que es peor, hasta consigo mismos, que es lo que sucede con el sesudo Mitre y con el novelesco López.

    Será necesario, en consecuencia, apelar a los pocos datos y tradiciones de que se dispone, así como el análisis de sus actos y a la observación del medio ambiente en el que se formó, para que podamos componer una imagen aceptable verosímil del prócer cordobés.

    El único retrato físico de Bustos que se conoce nos muestra un rostro ovalado, con la frente amplia, la nariz grande y recta, los labios finos y el mentón fuerte; el espeso bigote cubre el labio superior, la barba está dispuesta al estilo ‹‹federal››: afeitada en la barbilla, crecida en los carrillos y unida en las guías de los bigotes y a las largas patillas. El rostro de un hombre idealista y voluntarioso, pero mesurado y ecuánime.

    Se dice, sin embargo, que ese retrato no es auténtico, sino que fue compuesto muchos años después de la muerte del caudillo, tomando como modelo al de un pariente de notable parecido, y al que se le aplicaron varios detalles recordados por la memoria familiar. Si bien siempre cabe preguntarse, ante un caso como éste, hasta que punto esa memoria puede ser fiel, también es cierto que todas las noticias hasta nosotros llegadas por medio de la tradición coinciden en evocar a Bustos como un hombre de alta estatura, con grandes ojos negros, de abundante cabellera, de presencia gallarda y viril. De tal modo, nada impide que, cuando menos en sus líneas generales, esa imagen merezca nuestra aceptación.

    La personalidad de Bustos, a su vez, también plantea preguntas difíciles de contestar con exactitud. Su vida presenta muchos momentos y aspectos todavía oscuros, y es posible que algunos de ellos jamás puedan ser aclarados. Nos es dable, entonces, examinar su temperamento y su carácter mediante el análisis de aquellos rasgos como una constante existencial en el desarrollo de toda su vida. Podemos así intentar una descripción acreditable, aun siendo muy simplificada, enfocando nuestra atención sobre dos planos que, por ser menos conocidos, pueden permitirnos componer un juicio relativamente correcto: uno es el del medio ambiente en que se formó nuestro protagonista; otro, el de su actuación como gobernante.

    Desde el primero de esos planos podremos tratar de comprender las raíces sociales e históricas que nutren la personalidad de Bustos, pues todo hombre es hijo de una tierra, un pueblo, una época y una clase social que le comunican, en mayor o menor grado, sus características; dándole así una filiación, una genealogía, que lo diferencian de los hombres formados en otros ámbitos, y, si no determinan su conducta, al menos la condicionan.

    Desde el segundo plano podremos observar de qué manera actúa ese hombre visto en una situación tan reveladora como la del ejercicio del poder, que es cuando se ponen de manifiesto con mayor claridad las virtudes y los defectos de las personas.

    Juan Bautista Bustos, aun si nació efectivamente en el ámbito urbano, abrió los ojos al paisaje agreste y plácido de las sierras de Córdoba, pues la ciudad era pequeña y su contacto con el paisaje serrano debió haber sido temprano. Cumbres de roca desnuda, ásperas por su materia, pero suaves por su forma. Valles apacibles y acogedores. Altiplanicies barridas por los vientos. Hondas y sombrías quebradas de exuberante y seductora vegetación. Pajonales bravíos. Colinas pedregosas. Ríos y arroyos de aguas cantadoras, ora mansos, ora violentos. Las laderas son verdes, azul el horizonte, diáfano el cielo. El aire es seco y el sol es generoso.

    Los contrastes del paisaje serrano se resuelven en una unidad de líneas armónicas. Con ese encuentro físico, cuya nota distintiva es la serenidad, el hombre y la geografía entablan una relación cordial. En la pampa –tierra plana y sin límites– el hombre se proyecta contra la tierra desnuda, diferenciándose de ella. En las sierras cordobesas el hombre se inserta en el paisaje, confundiéndose con la naturaleza. La vasta amplitud de la pampa incita al hombre a la aventura y al nomadismo, mientras que el ambiente recoleto de las sierras, le crea condiciones favorables al arraigo y la reflexión.

    El alma serrana es contemplativa y discreta, astuta y reservada, tolerante y comprensiva. Es un alma que no gusta de exteriorizaciones espectaculares, ni en la alegría ni en el dolor. Su expresión natural es la lírica, no la épica. Su protesta no se expresa en el grito; se manifiesta en el humor, utilizando a veces como lanza, a veces como escudo.

    En el ejercicio del poder –una de las circunstancias que suelen desnudar la naturaleza de los hombres –, Juan Bautista Bustos demostró ser una persona equilibrada, moderada, prudente; pero de ideas claras, de propósitos sanos. Se ha dicho que, como militar, no fue brillante. No, no lo fue. Que no fue un militar de escuela. No, no lo fue. Como a muchos argentinos de su tiempo –la primera mitad del siglo XIX– las circunstancias le impusieron la vida militar. Las invasiones inglesas, primero; la guerra de la independencia, después; y, por último, las guerras civiles crónicas, decidieron su profesión, más allá de vocaciones y preferencias. Trató de asumirla con la responsabilidad que lo caracterizaba: cuatro decenas de obras de teoría militar se hallaban en su biblioteca.     En suma, Bustos demostró amor a la patria, fidelidad a la argentinidad, solidaridad con Nuestra América. Fue honesto, digno, equilibrado. Luchó por consolidar la autonomía de la Provincia y la unidad de la Nación. ¿Qué más podríamos pedirle?

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