LA POLÍTICA Y LOS PARTIDOS

Vemos que la política tiene, hoy por hoy, muy mala opinión. Es una actividad –una práctica, un arte, una ciencia, una técnica– muy desprestigiada. Gentes cultas y preparadas –intelectuales, artistas, científicos– abominan de ella. No digamos ya las personas comunes y decentes. Es numerosa la gente –señaladamente la más joven– que asocian política con delincuencia. ¿Es esto justo? ¿Es útil? ¿Por qué es así?

Si entendemos por política la función de gobernar a los pueblos, la administración de los negocios públicos, en suma, la actividad propia de la vida en sociedad, debemos entender que no es a la política como abstracción, como generalidad, a la que caben aplicar juicios o dictámenes. Es a los políticos. No es la política en sí, sino los políticos como personas quienes son honestos o corruptos, idealistas o materialistas, justos o injustos, generosos o egoístas, patriotas o cipayos…

Pero, hoy por hoy, la mayoría de los políticos –las personas dedicadas a la política– y de sus organizaciones –los partidos políticos– han dejado de ser representativos de intereses sociales concretos y legítimos –ideológicos, económicos, regionales, religiosos, etcétera– para convertirse en estructuras para acceder al gobierno –para asaltar las instituciones del Estado– sin definiciones netas. Y así vemos que muchos de los partidos existentes, no obstante, a veces, tener una larga trayectoria, mantienen con su pasado y sus fundadores una ligazón puramente mítica, mientras que en la realidad no pasan de ser formaciones de mercenarios, con intereses muy claros, pero sin ideales ni principios. Mientras fingen servir a los intereses de sus votantes, sirven en realidad a los dueños del poder: los nuevos señores feudales, una elite corporativa y política anónima que ejerce, en la práctica, una tiranía impiadosa sobre todo el planeta. El capital transnacional y las instituciones financieras internacionales –que son, en nuestros días, el ejército imperial y colonialista de otros tiempos– dominan la vida política, económica y cultural de los pueblos, escudándose tras términos aparentemente técnicos: el mercado, la desregulación, la flexibilización, la globalización, etcétera.

El resultado de esta política imperialista –cuyo máximo poder se concentra en los Estados Unidos y en sus intereses particulares– lleva a la liquidación de los demás estados-naciones, salvo algunos pocos privilegiados, cuyo resultado es la exclusión social generalizada para la mayoría de los pueblos del mundo. Alguien que sabe bien de qué se trata, el señor Henry Kissinger, lo ha dicho con absoluta franqueza: “Globalización es otra denominación para la dominación de los Estados Unidos”.

Al desprestigiar al Estado (es mal administrador, es ineficiente…) y corromper la actividad política, se desvaloriza el espacio donde los pueblos pueden expresarse y defender sus intereses. El imperialismo, a través de sus mil encarnaciones, desprestigia al estado y a la política, pero utiliza estos medios en su exclusivo beneficio. Nos recuerda la picardía del Viejo Viscacha, que se cuenta en el Martín Fierro, que cuando conseguía ser invitado a un asado, “poco antes de que estubiese, primero lo maldecía, luego después lo escupía, para que nadie comiese”. Es decir, para que el asado quedase para él solo. Así hace el imperialismo –cualquiera sea su apodo de moda– que espanta a los pueblos para que se desentiendan de la política y del Estado, de modo que los pueda utilizar en su exclusivo beneficio.

Es necesario, por el contrario, que los pueblos ejerzan sus derechos y participen de la política y del Estado, que no se dejen desalojar de esos espacios conquistados duramente a lo largo de la historia, que abandonen a los partidos de mercenarios y construyan su propias estructuras de poder. Es necesario participar democráticamente y poner el acento en las cuestiones que interesan realmente a los pueblos. Es necesario que la sociedad civil se movilice. Estamos, en realidad, frente a un proceso abierto que tiene varias salidas posibles.Frente al poder imperial es menester abroquelarse en la afirmación nacional, único punto de apoyo válido para defender los intereses de nuestra sociedad; para establecer espacios regionales entre iguales que hagan realidad el equilibrio y la igualdad en las relaciones internacionales; para afirmar una sociedad solidaria, sin dominadores ni dominados.

Fuente: Editorial revista Cuadernos para la Emancipación N°21 – Octubre 2000.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *